Revista «Lucera»

Centro Cultural Parque España. Rosario, Argentina

Año: 2003

Artículo de Emilio Gil escrito con ocasión de la aparición del primer número de la publicación y de su participación en CCPE, en el que dictó un seminario en el año 2002.

Cinco encuentros y la conversación con un taxista (que conoció a Niemeyer)

Los cambios vertiginosos de la última década en el diseño gráfico y una pregunta acuciante: cómo comunicar a partir del nacimiento de los conceptos de interactividad, mundo virtual, la red, y también frente a la promesa de una continua innovación tecnológica.

En diez años ¿qué cambia? A veces tengo la sensación de que el tiempo transcurre con dos velocidades. Con toda seguridad si volvemos la vista atrás, a las fechas en que se inauguró el Centro Cultural Parque de España, podríamos tener la sensación de que ha pasado mucho, mucho tiempo. Con toda probabilidad han ocurrido acontecimientos de gran trascendencia en nuestras vidas, en lo profesional, en lo individual y en lo colectivo. A la vez, si establecemos un repaso mental sobre los últimos días o semanas de nuestra vida, la percepción es que el tiempo pasa demasiado rápido; que los días se van en un suspiro y que tenemos un número creciente de asuntos pendientes, retrasados, que se acumulan, superponiéndose unos sobre otros, en el agobio cotidiano.

¿Qué ha cambiado en mi vida en estos últimos diez años? Evidentemente, muchas cosas. Algunas de ellas trascendentes, otras de menos calado y, unas pocas, de aquellas que en el momento en el que transcurrieron parecían de una importancia liviana pero que, con el tiempo, van creciendo dentro de nosotros convirtiéndose en circunstancias de las que influyen en el futuro modelando nuestras trayectorias vitales.

Seguramente entre estas últimas están los descubrimientos personales generados alrededor de mi estancia en Rosario, en octubre de 2002, para impartir el curso «Diseño editorial español» en el Centro Cultural Parque de España. La preparación de mis clases y los encuentros que éstas generaron con profesionales y alumnos argentinos, a lo largo de mis diez días en este país, me obligaron a reflexionar, necesariamente, sobre mis procesos y métodos de trabajo. El tiempo sobre el que se ocupaba esa reflexión coincidía, además, de forma bastante aproximada con la revolucionaria década, en la historia del diseño gráfico, en la que irrumpió la computadora, como máquina auxiliar en nuestro trabajo, generando unas consecuencias trascendentales.

El diseño se está convirtiendo en una herramienta cada vez más sofisticada. También en el diseño se da la máxima latina: «Primun vivere deinde filosofare». Basta ojear «Soon», el atípico libro del británico Lewis Blackwell, para poder constatar en cincuenta experiencias cómo el objeto del diseño ha pasado de resolver problemas perentorios, de comunicación empresarial o institucional, a convertirse en cómplice de ensayos que van más allá de las necesidades del día a día. Por otra parte las relaciones entre el diseño y otras disciplinas –arquitectura, finanzas, informática, sociología, urbanismo, etcétera– son, cada vez, más hondas, frecuentes y necesarias.

Se ha convertido en algo normal la conexión entre nuevas tecnologías y aportación del diseño a la empresa. Por decirlo con palabras muy simples: el producto que tú ofreces a tu cliente, como diseñador, y la repercusión de ese trabajo en lo que el cliente ofrece a sus clientes está influenciado directamente por los avances tecnológicos. Sólo basta recorrer mentalmente cómo se ha transformado nuestra profesión en los últimos diez años para comprobar que esto es una realidad. Pero sabemos que un diseñador no es un operador informático. Después de dar un «repaso» crítico a la situación general del diseño y a las relaciones con nuestros clientes, los empresarios o los responsables políticos, la noticia optimista sería que al diseñador, cada vez, se le demandan más ideas y se le piden menos destrezas.

La memoria me ha llevado a un reportaje que sobre mi empresa, Tau Diseño, hizo la revista española especializada en temas de diseño «Visual» en su primer número aparecido en el año 1989. Se llamaba «Tau: Un estudio y el futuro» (obsérvese el matiz no «su» futuro sino «el» futuro. Con este titular el artículo me resultaba de lo más prometedor). Bromas aparte, en él se trataban, con la perspectiva de esos años, temas como: la rentabilidad de la inversión en equipos informáticos de edición, las ventajas en cuanto a rapidez y mejora en los tiempos, la «correspondencia entre la idea y el resultado», la resistencia de la «vieja guardia» a trabajar con el ordenador y la profecía de las empresas «tocadas de muerte» (fotocomposiciones y fotomecánicas). Y aquí sí empezamos a tocar temas de mayor calado. En estos momentos en mi empresa –formada por diez personas en total, incluidas administración y producción de los trabajos y dos colaboradores externos–, estamos desarrollando, solo en temas de creación de identidad visual, seis nuevos proyectos a la vez y rematando o ampliando alguno más– con la definición de sus correspondientes desarrollos o aplicaciones y la elaboración de sus manuales de normas gráficas respectivos.

Nadie se imagina la posibilidad de abordar todo este trabajo sin la computadora y, sobre todo, sin las rutinas y experiencias que se consiguen mediante el oficio de manejar el ordenador, como herramienta auxiliar, durante muchos años. Otra de las consecuencias que sacaba en la preparación de los cinco encuentros «rosarinos» es que las nuevas tecnologías nos están permitiendo movernos –además de en las dos dimensiones naturales del diseño: el ancho y el alto– en una «tercera dimensión»: la profundidad y el tiempo. Y no hablo solo de Internet. Hasta ahora el diseñador trampeaba estas limitaciones con la ilusión de que podía contar con las texturas del papel, el lomo de los libros, el pequeño relieve de algunos materiales, las pisadas en seco o el ancho de las cajas contenedoras de algunos productos. El empeño por romper esos límites es tan fuerte que el diseñador no se rinde. Empiezan a utilizarse las tintas termosensibles como en la reciente publicación del diseñador español Pepe Gimeno sobre su tipografía «Warhol», inspirada en la letra manuscrita del artista pop americano o en la portada del antes mencionado «Soon». Materiales como estos nos permitirán recordar en qué época del año leímos aquel libro porque las letras impresas con estos materiales habrían cogido la tonalidad blanca debido al calor que transmitían nuestras manos sobre la cubierta o las páginas interiores.

Eso sin contar con Internet. Recientemente apareció la siguiente noticia en el diario económico «Expansión»: «Terra, nueva página de entrada: Terra ha renovado su página de entrada para ofrecer una imagen más actual y atractiva… El nuevo diseño pretende ser más funcional, para lo que se ha suprimido la columna de la derecha y aligerado la de la izquierda». Redacción absolutamente atípica para una publicación económica más propia de un suelto en una revista de diseño. Lo chocante de la noticia es que parece que estos ajustes de diseño se convertían en algo relevante para el portal de Internet y, paradójicamente, en la marcha de la empresa no estuviera pasando nada aunque Terra continúe perdiendo cientos de millones de euros en cada ejercicio.

¿Qué está pasando con la red? Mejor dicho ¿qué pasa con Internet y el diseño? ¿Da lo mismo diseñar para el papel, el lienzo o la pantalla? Son preguntas relacionadas con uno de los mayores cambios producidos en el transcurso de estos diez años a los que me refería al principio. Haciendo un repaso superficial a la historia de los estilos arquitectónicos en las últimas décadas podemos establecer fácilmente relaciones entre las técnicas constructivas consecuencia de la introducción de nuevos materiales y su correlato formal. Esta constatación nos lleva a preguntarnos: ¿ Y en Internet, hasta cuándo viviremos con la inercia de las soluciones formales que se aplican en los soportes tradicionales? Porque en la red sí conseguimos romper con dos límites que tiene el diseño bidimensional: el movimiento y el tiempo. Sabiendo que, además, de alguna forma diseñamos también con luz.

Vuelvo al principio. Se me pedía hablar de estos diez últimos años en los que las nuevas tecnologías han puesto del revés nuestras rutinas de trabajo y lo que esto ha repercutido en lo que los diseñadores podemos aportar a nuestros clientes. Hoy nos enfrentamos a conceptos como la interactividad, el mundo virtual, la red… No podemos vivir de espaldas a estos conceptos y a estos nuevos medios. No debemos olvidarnos de nuestra obligación de comunicar y de emplear la imagen con todas sus posibilidades. Por ejemplo la interactividad conduce al receptor de manera activa, directa y selectiva a la información. La interactividad puede ir desde un mero instrumento de acceso a la información a partir de un índice o menú, hasta llegar a ser portador y descubridor de un mensaje en el que el diseñador y el receptor son creadores en común de un diseño dinámico, que puede ser tan fexible como se quiera si se pueden seleccionar colores, tipografías o fotografías o modelar formas previamente establecidas o programadas.

La aportación de datos por parte del receptor, junto a la determinación de pautas y directrices dadas por el diseñador con criterios concretos, establece una relación más íntima entre el diseño, el diseñador y el receptor. Esa tercera o cuarta dimensión del tiempo que es Internet nos permite trabajar con presentaciones secuenciadas basadas en recursos nuevos. Además, teóricamente, la red permite la facilidad de actualización y la supresión de la producción industrial masiva: se eliminan elementos como el papel, las tintas de impresión y las tiradas «monstruosas». Adiós a los «mailings», panfletos o la publicidad de buzoneo que, para llegar a un grupo determinado, necesita derrochar prácticamente el 90% de los ejemplares. Recordemos que con un solo monitor tenemos acceso a cientos de millones de páginas y que en un solo programa interactivo accedemos a una tirada ilimitada y a una recepción sin fronteras. Aunque también hay unas desventajas evidentes como la difusión ilimitada de basura informativa al alcance de cualquiera y la falta de filtros de edición, ya que muchas veces se trata de publicaciones llenas de faltas de ortografía, con un lenguaje pobre o, lo que es peor, con información falsa.

Es curiosa la interpretación que el diseñador español Luis Sardá hacía del cambio que se ha producido debido a la aplicación de la tecnología en el diseño. Sardá hablaba en un curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid titulado «25 años de diseño gráfico en España» de que el diseñador de hace un cuarto de siglo y el de ahora «no sólo pertenecen a dos generaciones distintas, sino a dos oficios distintos». Y reflexionaba sobre que aunque mantenemos en nuestras tarjetas de visita títulos como director de arte o designamos a nuestras empresas como agencias de comunicación global, gabinete de marketing creativo y otras denominaciones igualmente sofisticadas, el hecho es que el nuevo concepto de diseñador responde a una mentalidad integrada con las nuevas tecnologías. Y concluía que «el diseño en sí toma un camino más empírico. El aspecto teórico corresponde más bien a la figura del diseñador, que se ve inmerso en una sociedad muy sofisticada que exige un artesano más intelectual. El resultado gráfico toma un camino mucho más elaborado, lo que le hace volver a sus orígenes artesanales donde el proceso de producción era relevante en el acabado final. Parece en principio una contradicción, pero entre el diseño empírico y el diseñador artesano el medio que efectivamente les vincula y hace que esto sea posible es la tecnología».

Colofón

El taxista que me condujo desde el hotel donde me alojaba en Buenos Aires durante el tramo final de mi estancia en Argentina hasta el aeropuerto donde tomé el avión de vuelta a Madrid era un personaje de los que no pasan inadvertidos. Se había visto obligado a trabajar como conductor debido a la crisis económica aunque en su trayectoria profesional había ejercido trabajos mucho más cualificados. Pasó, entre otras estancias de su peripecia vital, una etapa de su vida en Brasilia donde conoció el trabajo de Oscar Niemeyer y de Lucio Costa. Me habló de una ciudad diseñada en el plano, bella en su aspecto formal pero alejada de la escala humana que hace una metrópoli vivible y confortable. Y me mostró con sus ejemplos y con su actitud, sin decirlo expresamente, algo mucho más importante: el trabajo bien hecho, la honradez profesional y el recomenzar cada día. El diseño también es eso.

Emilio Gil

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